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Mensaje del Papa al iniciar el Adviento 2011
¡Queridos hermanos y hermanas!
Hoy iniciamos en toda la Iglesia el nuevo Año litúrgico: un nuevo
camino de fe, a vivir juntos en las comunidades cristianas, pero
también, como siempre, a recorrer dentro de la historia del mundo,
para abrirla al misterio de Dios, a la salvación que viene de su amor.
El Año litúrgico empieza con el Tiempo de Adviento: tiempo estupendo
en el que se despierta en los corazones la espera de la vuelta de
Cristo y la memoria de su primera venida, cuando se despojó de su
gloria divina para asumir nuestra carne mortal.
“¡Velad!”. Este es el llamamiento de Jesús en el Evangelio de hoy. Lo
dirige no sólo a sus discípulos, sino a todos: “¡Velad!” (Mt 13,37).
Es una llamada saludable a recordar que la vida no tiene sólo la
dimensión terrena, sino que es proyectada hacia un “más allá”, como
una plantita que germina de la tierra y se abre hacia el cielo. Una
plantita pensante, el hombre, dotada de libertad y responsabilidad,
por lo que cada uno de nosotros será llamado a rendir cuentas de cómo
ha vivido, de cómo ha usado las propias capacidades: si las ha
conservado para sí o las ha hecho fructificar también para el bien de
los hermanos.
También Isaías, el profeta del Adviento, nos hace reflexionar hoy con
una sentida oración, dirigida a Dios en nombre del pueblo. Reconoce
las faltas de su gente, y en un cierto momento dice: “Nadie invocaba
tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a tí; porque tu nos
escondías tu rostro y nos entregabas a nuestras maldades” (Is 64,6).
¿Cómo no quedar impresionados por esta descripción? Parece reflejar
ciertos panoramas del mundo postmoderno: las ciudades donde la vida
se hace anónima y horizontal, donde Dios parece ausente y el hombre
el único amo, como si fuera él el artífice y el director de todo:
construcciones, trabajo, economía, transportes, ciencias, técnica,
todo parece depender sólo del hombre. Y a veces, en este mundo que
parece casi perfecto, suceden cosas chocantes, o en la naturaleza,
o en la sociedad, por las que pensamos que Dios pareciera haberse
retirado, que nos hubiera, por así decir, abandonado a nosotros mismos.
En realidad, el verdadero “dueño” del mundo no es el hombre, sino
Dios. El Evangelio dice: “Así que velad, porque no sabéis cuándo
llegará el dueño de la casa, si al atardecer o a media noche, al
canto del gallo o al amanecer. No sea que llegue de improviso y
os encuentre dormidos” (Mc 13,35-36). El Tiempo de Adviento viene
cada año a recordarnos esto para que nuestra vida reencuentre su justa
orientación hacia el rostro de Dios. El rostro no de un “amo”, sino
de un Padre y de un Amigo. Con la Virgen María, que nos guía en el
camino del Adviento, hagamos nuestras las palabras del profeta.
"Señor, tu eres nuestro padre; nosotros somos de arcilla y tu el que
nos plasma, todos nosotros somos obra de tus manos” (Is 64,7).
CIUDAD DEL VATICANO, domingo 27 noviembre 2011
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